Llevaba días suponiendo una unión sentimental con el pasado ,tenía a
aquel hombre que lo representaba al frente mío, mientras suponía que él fuera el
mismo de hace cinco años.Pasaba por alto el dinamismo humano, las
etapas de la vida, los duelos, los aciertos; todo eso que nos cambia de un
lugar del tiempo a otro.
Quería volver a sentir lo que viví con él. sentir un
te quiero sincero, un abrazo eterno. Volver a sentirme dueña de un
concepto, el que me había hecho creer, balancearme, perderme y sosterme de un otro. Finalmente nuestro ego es tan grande que solo nos enamoramos
de nosotros mismos en un instante específico donde se trasciende lo que se quiere y se
hace uso de la otredad. Yo por ejemplo pensaba en esa niña sonrojada a la que
todo le sorprendía y no queria ver a aquel extraño que de espaldas
sostenía mi mano pero no volteaba
.Su distancia y su falta de compromiso acabó
con la esperanza de volver a tener sus labios como muestra arqueológica. Aún lo pensaba.
Esta despedida sin duda fue más difícil, me la daba a mi
misma. Me despedía de mi para entrar a la soledad absoluta "que representa no
contar siquiera con la compañía propia”. En un momento donde el dolor y la
incomodidad lo hacían todo más complicado. La vida se encerraba en esa decisión
de levantarme de la cama o seguir apretujada allí como si nada hasta que cayera
algo encima o el hambre me levantara.
Faltó tener un
espéculo entre las piernas para que las lágrimas fueran incontenibles y la
soledad se convirtiera en mi enemiga. Se trataba de mi tejido cavernoso, de lo
que representaba como género. Se trataba de mi y lo que Helena raspaba y sacaba
como muestra de laboratorio. Olía a castigo,era la blasfemia que había hecho de mi
cuerpo, el dolor añejo que desde adentro me carcomía y que ese día a las 10 de
la mañana cercenaban.
No veía la larga fila esperando que él dejara su pensamiento a un lado y volteara
haber quíen estaba para acompañarlo.
Me disgustaba que en retroceso hiciera versos,
lo odiaba por arrepentirse y ahondar en lo perdido. también lo odiaba porque jamás lucharía por mi,y porque yo ni nadie llenaría sus expectativas Sin embargo, me echaría
de menos. Le pesarían los años y el recuerdo alimentado por nuestros momentos. Mientras que nosotras, sí, nosotras, ya lo habíamos
extrañado. Al llegar él ahí, estaríamos lejos,
no en distancia, sino en razones y cada palabra sería un desacierto.
Entre los
dos lo mejor eran los silencios, el momento en que las bocas se cerraban para
generar una atmósfera donde solo almas gemelas se encuentran. Una mirada, pasar
sonrisas, entender cada doble sentido o chiste mal intencionado. Un vínculo sin fin, perdurable en el tiempo donde se permitía la huida y la probada finalmente para llegar
de nuevo al allí, se valía compartir otros brazos, otra piel para llegar allí. Allí, al
vacío, a la caída, al nosotros.