lunes, 29 de octubre de 2012


Llevaba días suponiendo una unión sentimental con el pasado ,tenía a aquel hombre que lo representaba al frente mío, mientras suponía que él fuera el mismo de hace cinco años.Pasaba por alto el dinamismo humano, las etapas de la vida, los duelos, los aciertos; todo eso  que nos cambia de un lugar del tiempo a otro.
 Quería volver a sentir lo que viví con él. sentir un te quiero sincero, un abrazo eterno. Volver a sentirme dueña de un concepto, el que me había hecho creer, balancearme, perderme y sosterme de un otro. Finalmente nuestro ego es tan grande que solo nos enamoramos de nosotros mismos en un instante específico donde se trasciende lo que se quiere y se hace uso de la otredad. Yo por ejemplo pensaba en esa niña sonrojada a la que todo le sorprendía y no queria ver a aquel  extraño que de espaldas sostenía mi mano pero no volteaba 
.Su distancia y su falta de compromiso acabó con la esperanza de volver a tener sus labios como muestra arqueológica. Aún lo pensaba.
Esta despedida sin duda fue más difícil,  me la daba a mi misma. Me despedía de mi para entrar a la soledad absoluta  "que representa no contar siquiera con la compañía propia”. En un momento donde el dolor y la incomodidad lo hacían todo más complicado. La vida se encerraba en esa decisión de levantarme de la cama o seguir apretujada allí como si nada hasta que cayera algo encima o el hambre me levantara. 

Faltó tener un espéculo entre las piernas para que las lágrimas fueran incontenibles y la soledad se convirtiera en mi enemiga. Se trataba de mi tejido cavernoso, de lo que representaba como género. Se trataba de mi y lo que Helena raspaba y sacaba como muestra de laboratorio. Olía a castigo,era la blasfemia que había hecho de mi cuerpo, el dolor añejo que desde adentro me carcomía y que ese día a las 10 de la mañana  cercenaban.


De lejos veía el otro rostro pasado por Males, el hombre que todos los días tenia un te amo pero nunca, un te necesito. Éramos seres humanos contrariados por los deseos y por aquello que llenaba los bolsillos. Sí, distintos pero hechos para encontrarnos. Nunca dejare de decir que después de la primera charla  supe que era posible encontrar el arquetipo de hombre imaginado. El tipo era un literato ,un escritor empedernido, un soñador y finalmente un actorazo. Conocerle hasta sus acciones más precarias lograban esa reconciliación conmigo misma. Había encontrado el personaje sensible al mundo, rebelde y antónimo de esta sociedad moralista llena de prototipos idénticos. Era el personaje que salía de todo contexto.Su presencia tenía un aire romántico que al final tuvo repercusiones, como la desesperanza por la raza humana.¡Claro que lo amaba!, me desvivía por entender cada cosa que decía y las razones por las cuales lo hacía, así como por las reacciones que me generaba. También lo odiaba por no encontrarnos en el mismo presente. Lo odiaba porque su inmenso estar en el mundo lo cegaba hasta el punto de perder noción sobre lo que quería.
No veía la larga fila esperando que él dejara su pensamiento a un lado y volteara haber quíen estaba para acompañarlo. 
Me disgustaba que en retroceso hiciera versos, lo odiaba por arrepentirse y ahondar en lo perdido. también lo odiaba porque jamás lucharía por mi,y porque yo ni nadie llenaría sus expectativas  Sin embargo, me echaría de menos. Le pesarían los años y el recuerdo alimentado por nuestros momentos. Mientras que nosotras, sí, nosotras, ya lo habíamos extrañado. Al llegar él ahí, estaríamos lejos, no en distancia, sino en razones y cada palabra sería un  desacierto.
Entre los dos lo mejor eran los silencios, el momento en que las bocas se cerraban para generar una atmósfera donde solo almas gemelas se encuentran. Una mirada, pasar sonrisas, entender cada doble sentido o chiste mal intencionado. Un vínculo sin fin, perdurable en el tiempo donde se permitía  la huida y la probada finalmente para llegar de nuevo al allí, se valía compartir otros brazos, otra piel para llegar allí. Allí, al vacío, a la caída, al nosotros.