jueves, 21 de noviembre de 2013

¿Para qué sirve un muerto?

Un muerto, es un objeto inamovible. Sino me cree intente moverlo...

Un muerto es un rezago, el frío que acompaña la soledad. Pero también es un buen adorno para el día a día. Su color pálido combina con todo por lo que a veces no está mal llevarlo de sombrero.

A él le lucía su muertico. No sólo le hacía ver bien su cabeza, sino que en ocasiones era un buen motivo para regalar flores. Cada pensamiento con tintes de recuerdo expedía un olor a rosas blancas y a veces a margaritas.
La piel tersa de su muerto le sobresalía por los hombros, lo cubría como si lo sujetara de un abrazo que contenía todo el peso de la muerte.
Sus largos brazos y piernas le cobijaban sin darle ningún traspaso de calor lo que le permitia equilibrar la temperatura en días muy cálidos.

Podía estar de día o de noche y él llevaba su muerto. Los vecinos lo miraban sin acercarse.
Habían días donde el olor del muerto era tan fétido que la comunidad exigía traspaso de barrio.
Aún así el muertico le lucía.

La cabellera de su muerto igual que las uñas le seguían creciendo como desafiando toda lógica. Él muy juicioso pasaba sus tardes peinando este largo pelo para arroparse en las noches.
Completamente enamorado de su muerto, este hombre añoraba su belleza críptica, sus fuertes olores, la piel desprendida, su sexy sonrisa y sus tetas bien puestas.

Un día en sus paseos de parque donde ocasionalmente su muerto desprendía piel, él vio a una mujer.
Ni fría, ni fétida, ni críptica y más bien viva. Su pelo no crecía desafiando toda lógica, era tíbia, suave y tenía todos los dientes.
Acomodándose el muerto, él la saludó y ella sólo respondió con una sonrisa cálida. Pasaban los días y se hacían más frecuentes sus encuentros en el parque. Terminaron tan cerquita que el tiempo y el espacio se contrajeron como un resorte.

Ella le veía el muerto, le ayudaba a combinarlo con los zapatos, le acomodaba la corbata, y lo veía tras de él como si ese fuese el peso que llevaba. Él, ella y aveces sólo ella.

Así lo quiso.

Después de un tiempo su muerto comenzó a ser invisible para ella.

Una tarde, después de una separación de esas que se siente desde adentro con el otro cuerpo a centímetros; ella volvió a ver  a su muerto encima de él y ella sabía que él soñaba porque el olor a margaritas era tan fuerte que le provocaban arcadas.

El muerto estaba encima de él y lo cubría todo, lo tomaban del cuello y lo hacía desaparecer entre su piel muerta.
Ella quiso ponerlo de florero pero este resistía como si aún le quedara algo de vida.

Era un bello triángulo amoroso que no sólo desafiaba toda lógica sino que era un caso enigmático de vida y muerte, de pasado y presente. Al final, ella terminaría cargando su propio muerto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario