domingo, 25 de agosto de 2013

Blanco

Me perdía en el blanco infinito de mi techo, unía los puntos que se convertían en imágenes que sin duda salían de mi cabeza. 
A lo lejos escuché los pasos de mi madre que se dirigía a la cocina.
Intempestivamente se oyó el ruido ensordecedor de la licuadora que se encendía en primera. 
Sin esperarlo, vi como quien me había cuidado, alzado, llorado introducía lentamente pero decidida sus manos delicadas en las cuchillas afiladas de ese pequeño motor. Poco a poco se iban desprendiendo las uñas, la piel eran pequeñas tiras unidas a ese árbol de venas que ahora era visible.
En cuestión de segundos los huesos de la mano eran roídos por esos dientes metálicos que sólo destruían.
El sonido se hacía cada vez más fuerte un olor cobrizo se filtraba en el aire. El final fue el silencio. 

La angustia me consumía, todo era un mar de sangre y  de impulsivas decisiones. El miedo me ahogaba y mientras me sofocaba en lágrimas, una voz distante dijo: “niños pasen a almorzar” y solo era yo, de nuevo en BLANCO.

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