Me perdía en el blanco infinito de mi techo, unía los puntos que
se convertían en imágenes que sin duda salían de mi cabeza.
A lo lejos escuché los pasos de mi madre
que se dirigía a la cocina.
Intempestivamente se oyó el ruido
ensordecedor de la licuadora que se encendía en primera.
Sin esperarlo, vi como quien me había
cuidado, alzado, llorado introducía lentamente pero decidida sus manos
delicadas en las cuchillas afiladas de ese pequeño motor. Poco a poco se iban
desprendiendo las uñas, la piel eran pequeñas tiras unidas a ese árbol de venas
que ahora era visible.
En cuestión de segundos los huesos de la mano eran roídos por esos
dientes metálicos que sólo destruían.
El sonido se hacía cada vez más fuerte un olor cobrizo se filtraba
en el aire. El final fue el silencio.
La angustia me consumía, todo era un mar de sangre y de
impulsivas decisiones. El miedo me ahogaba y mientras me sofocaba en lágrimas,
una voz distante dijo: “niños pasen a almorzar” y solo era yo, de nuevo en
BLANCO.
y de repente los dedos le habian quedado como a sebastian!!!
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